Kuching y el Parque Nacional Bako

Kuching es la capital del estado de Sarawak, y en malayo, significa literalmente gato, así que estatuas de estos animales copan las rotondas de la ciudad. Uno de sus principales atractivos es el Parque Nacional Bako, el más antiguo de Sarawak, situado a unos treinta kilómetros del centro de la ciudad.

Kuching. Octubre 2015

El vuelo desde el Parque Nacional de Mulu hasta Kuching fue corto, y como ya pasó en el que me llevó hasta aquel aislado lugar, apenas viajábamos diez personas. Así que, a pesar de lo pequeño de la avioneta, ésta iba prácticamente vacía. Con precios tan bajos como 26 euros si compras el billete tan solo unos días antes, no sé cómo pueden cubrir gastos. Al llegar al aeropuerto de Kuching me comentaron que no existe un servicio de autobuses públicos hacia el centro de la ciudad, por lo que la única opción fue tomar un taxi, con una tarifa fija de 26 ringgits. Antes de subir al vehículo, y aprovechando la conexión wifi del aeropuerto, reservé un hostal, en chinatown, a quince minutos andando del centro y con muy buenos comentarios. Su nombre era Beds Guesthouse, y el precio de una cama en un dormitorio compartido de seis camas, con desayuno incluido, fue de 20 ringgits. 

Después de dejar la mochila grande, pregunté si tenían un mapa de la ciudad y qué era lo más interesante de ver en la misma. El recepcionista me contestó, riéndose, que no había nada, pero aún así me señaló dónde se situaba en centro histórico y el paseo que transcurría paralelo al río Sarawak. Fui paseando hasta allí, y efectivamente no parecía ser una ciudad muy atractiva. El cielo gris, que amenazaba lluvia inminente, no ayudaba a mejorar el panorama. No llevar nada planeado sobre la misma, a excepción de la visita al Parque Nacional Bako, y el cansancio debido a la ruta realizada durante la mañana en el de Mulu, tampoco. Entré a un par de templos chinos que encontré en el camino, pero ninguno de los vistos anteriormente en Malasia me había gustado, y aquellos no fueron una excepción. Lo único que me llamó la atención fueron un par de ejemplos de arte callejero, unas bicicletas antiguas pintadas y unidas entre sí de manera inteligente, y un mural dibujado en la fachada de una casa.

Edificio de la Asamblea Legislativa del Estado de Sarawak, al otro lado del río. Kuching. Octubre 2015

Arte callejero. Kuching. Octubre 2015

Arte callejero. Kuching. Octubre 2015

Cuando comenzó a llover, regresé al hostal, parando a cenar de camino en un restaurante chino con comida muy buena y barata, y que se convirtió en mi lugar gastronómico de culto durante aquellos últimos días en Malasia. El personal me conocía y me trataba bien, y siempre con una gran sonrisa. Y podía comer o cenar por un euro y medio al cambio. Eso suponía, juntos con los otros cuatro euros que pagaba por dormir y desayunar en el hostal, que, sin tener en cuenta el transporte, gastaba unos siete u ocho euros al día.

Cuando fui a la cocina del hostal para beber un vaso de agua, coincidí con otros tres españoles, una pareja de un barcelonés y una gaditana muy graciosa, y otra barcelonesa, que estaban comiendo tortilla de patatas y me invitaron a probarla. Los primeros podían trabajar con sus portátiles, así que viajaban mientras seguían ingresando algún dinero. La segunda había dejado su trabajo y llevaba viajando un tiempo. Todos ellos llevaban dos semanas en la ciudad, visitando los alrededores, y con la intención de quedarse aún más tiempo.

En mi cabeza ya empezaba a confirmarse la idea de volver a España a descansar otras semanas en lugar de seguir viajando por Indonesia o Australia y Nueva Zelanda, y volver a casa por Navidad. Me encontraba cansado, no sólo físicamente, pues había vuelto a perder peso las últimas semanas, sino también mentalmente.

Parque Nacional de Bako


Al día siguiente fui hasta el Parque Nacional Bako. Intenté coger el autobús local, que pasa cada hora y su billete cuesta 3,5 ringgits, pero me cansé de esperar, y cuando llegó a la parada una furgoneta ofreciendo ese destino por 5 ringgits y otros turistas ya dentro, me subí. La distancia son unos 25 kilómetros desde el centro de Kuching, una media hora. La entrada al parque eran 20 ringgits, y otros 20 por la barca que te llevaba por el río hasta la playa donde si situaba la entrada propiamente dicha. Esos sólo eran los de ida. A la vuelta, otros tantos, y tienes que esperar hasta que haya al menos cinco pasajeros. Es decir, el total eran 60 ringgits. Y en ese momento me di cuenta de mi error. Olvidé tanto sacar dinero del cajero por la mañana, como llevar la tarjeta para hacerlo allí antes de embarcar, aunque me dijeron que el cajero más cercano se encontraba a unos quince minutos andando. Allí también cambiaban moneda extranjera, pero tampoco llevaba los euros que siempre guardo para alguna emergencia. La situación pintaba bastos, así que me dispuse a esperar a que llegara el autobús local para volver a la ciudad.

Hablando con dos hombres que trabajaban allí sobre lo que me había pasado, les pregunté si podían prestarme lo que me faltaba, y que luego les devolvería una vez llegase a mi hostal. Ambos me contestaron que no. Pero al volver de dar una pequeña vuelta por la zona, seguí hablando con uno de ellos, y le dije que eran únicamente 20 ringgits lo que me faltaba, no el total, y al final me los prestó. Le di la dirección y nombre del hostal, que conocía, mi nombre y número de habitación, y me dijo que iría a recogerlo otro día. Me comentó que si al final no se lo devolvía, tampoco perdería mucho, pero le contesté seriamente que los tendría seguro. Incluso me llegó a ofrecer algo más para comprar algo de comer, pero le dije que no, así que me quedaban únicamente unos nueve ringgits para pagar el autobús de vuelta a la ciudad, y comprar algo de picar en el parque.

Ese día, el Parque Nacional Bako se encontraba lleno de alemanes. Coincidí con cinco en la barca, que tardó unos quince minutos en llegar a la playa, y me crucé con otros tantos durante las rutas. Al llegar a la entrada, te dan un mapa con las diferentes rutas, explicándote lo que ver en cada una, nivel de dificultad y tiempo estimado en completarla. Tienes que elegir el número de las que vas a hacer y escribirlo en el libro de registro. Yo hice la 5, 6 y 10. También existe la opción recomendada por muchos viajeros de alojarse en las cabañas que hay alrededor, pero desconozco el precio de las mismas porque no tenía intención de ello y no busqué información al respecto. Antes de comenzar, compré un par de plátanos en el restaurante por cuatro ringgits. Es decir, iba justo de bebida y mucho más apurado aún de comida, y el día era tremendamente caluroso.

Así llegué hasta un par de acantilados, y en el segundo se podía bajar a la playa. Después hice una ruta entre la montaña de cinco kilómetros, en mucho menos tiempo del que estimaban para completarlo, pero llegué agotado, y con muchas ganas de volver a la ciudad para comer y beber algo. En el parque encontré serpientes, macacos y jabalíes barbudos de Borneo. Otras personas también vieron monos narigudos. En el Parque Nacional Bako también se pueden encontrar todos los tipos de vegetación existentes en Borneo, con varios ecosistemas en su reducida área, una de las razones por las que es apreciado.

Serpiente. Parque Nacional de Bako. Octubre 2015

Parque Nacional de Bako. Octubre 2015

Parque Nacional de Bako. Octubre 2015

Parque Nacional de Bako. Octubre 2015

Macaco en el Parque Nacional de Bako. Octubre 2015

Macaco en el Parque Nacional de Bako. Octubre 2015

Jabalí en el Parque Nacional de Bako. Octubre 2015

Para volver a Kuching, tomé el autobús local. No me quedaba otra, no tenía dinero para nada más. Tardó casi una hora. Así que lo primero que hice al llegar fue extraer dinero del cajero y comer algo. Eran ya las cinco de la tarde y estaba hambriento. Dejé los 20 ringgits que me prestó el buen hombre, junto con su tarjeta personal, en la recepción del hostal para que pudiera recogerlos.

Ese día, la española había ido a una clase de cocina, y le sobró algo de pollo al curro y postre de coco que compartió conmigo. Pero esa noche tuve una discusión con un canadiense y alemán en el dormitorio. Entraron cerca de las doce de la noche encendiendo la luz y hablando entre ellos como si no hubiese nadie durmiendo. Cuando les dije algo, se pusieron en modo ataque, argumentando que como era un dormitorio y pagaba muy poco, no podía quejarme, misma respuesta que me dieron meses después en Launceston, Tasmania. Meses después, en Sydney, también tuve otra desagradable experiencia con otro irrespetuoso, con llamada a la policía incluida.

El alemán me dijo que ya era mayor para dormir en dormitorios, cuando los he compartidos con jubilados, y no una ni dos veces, o matrimonio mayores. Hasta juraría que el tenía más edad que yo, y si no, lo aparentaba y de largo. Cuando le pedí que bajara la voz porque le oía perfectamente e iba a despertar a otros huéspedes de otras habitaciones, contestó que al lado sólo estaba la pareja de españoles y ellos habían mucho ruido por la mañana. Vamos, fue un monólogo por su parte, así que me dio por reír y les di la razón como a los locos. No se puede razonar con personas de ese tipo. Al comentárselo a uno de los recepcionistas por la mañana, me dijo que el alemán había estado allí varios días y era un tipo muy raro.

A la mañana siguiente compré los billetes de avión de regreso a España. Era lo que más me apetecía, y sentía que necesitaba un descanso. De todas formas, compré la ida y vuelta a las tres semanas, para seguir con la aventura, aunque supusiera no volver ya para Navidad.

Después recorrí partes nuevas de la ciudad, y descubrí alguna zona interesante, como un parque enorme muy bien acondicionado y un lago en su interior. Para variar, hacía muchísimo calor, así que volví a descansar al hostal y soló salí para cenar.

Kuching. Octubre 2015

Parque del lago. Kuching. Octubre 2015

A la mañana siguiente, temprano, uno de los trabajadores del hostal me llevó al aeropuerto por 20 ringgits. Comenzaba el maratón. El vuelo desde Kuching a Kuala Lumpur fue corto, y tuve tres horas en el aeropuerto, suficientes para esperar a recoger la mochila facturada, cambiar de terminal, volverla a facturar y tomar algo antes de embarcar. Hasta España volaría con la aerolínea Saudia, o Saudi Arabian, con una escalar de casi nueve horas y media en Jeddah, la segunda ciudad más grande de Arabia Saudí. Realizando la facturación, me dieron un panfleto informativo donde leí que estaba prohibido llevar pantalones cortos o tener gestos de afecto con la pareja, por ejemplo. De hecho, otros españoles que me encontré en el segundo vuelo, me comentaron que él se tuvo que cambiar el pantalón a uno largo porque le denegaban la tarjeta de embarque hasta entonces. Esto me parece una falta de tolerancia y respecto total hacia otras culturas y religiones. Pero claro, Arabia Saudí es la cuna del Islam, un país cerrado y más extremista en la aplicación de las leyes musulmanas. Lo que no entiendo entonces, es porqué protestan cuando en otros países no les permiten llevar velos a las muchachas en los institutos, por ejemplo, o les deniegan la construcción de una mezquita. A ver quién se atreve a construir una iglesia católica en Arabia Saudí. Vamos, que no pueda llevar pantalones cortos en el aeropuerto, del que no voy a salir, en verano, es de traca.

La segunda sorpresa la encontré una vez dentro del avión, que disponía de una zona de rezo en la parte posterior del mismo, siendo la primera vez que veía algo así. Y la tercera, cuando viendo alguna película durante el trayecto, encontré pixeladas partes femeninas como hombros al descubierto o torsos que ni siquiera llegaban a ser escotes. Eso ya me pareció demasiado. Mujeres vestidas completamente de negro a las que únicamente se les veían los ojos fue lo más común, tanto en el aeroplano como en el aeropuerto.

A todas las personas que teníamos transbordo nos acomodaron en una pequeña habitación con conexión wifi, y donde nos ofrecieron una comida gratuita. Me dijeron que tendría que estar allí hasta dos horas antes del vuelo, pero cuando comenzaron a llegar más viajeros y la estancia a llenarse, al final me pidieron salir cuando quedaban cinco. El responsable pedía de vez en cuando la tarjeta de embarque para decir si ya podías salir o no, y algunos viajeros tardaban en dársela, especialmente si no era ya la primera vez. Así que cada vez se puso más borde con todo el mundo. Entre tanto, conseguí un sofá reclinable donde descansar, pero hacía frío debido al aire acondicionado, como no. Un árabe que me vio acurrucarme me brindó la manta que a él le habían dado, y sacó a cambio su chaqueta para ponérsela. Una vez en el aeropuerto en sí, fuera de aquella sala, me dispuse a pagar el café y croissant que había pedido, pero no me dejaron pagarlo con tarjeta, sólo admitían dinero en metálico, que no tenía y que no pensaba cambiar solo para eso. Después de decirle al camarero que entonces lo tenía que dejar, el hombre que estaba detrás de mí, también árabe, le dijo que él lo pagaría. Le contesté que no, que no hacía falta, y le di las gracias. Pero se empeñó, me dijo que la cantidad era pequeña y que no tenía importancia. Y así comenzamos a hablar, especialmente de fútbol. Él se dirigía a Francia. 

El aeropuerto también disponía de una pequeña estancia para el rezo, pero me asomé muchas veces durante mis paseos por la pequeña terminal, y sólo veía a hombres durmiendo encima de la alfombra. En las más de cinco horas que estuve allí, no vi a más de cinco rezando. Un comportamiento hipócrita, al menos desde mi punto de vista. Tan solo entré una vez al baño, realmente maloliente y lleno de agua por todas partes, sin ningún personal que lo limpiase cada cierto tiempo. La española del segundo vuelo me confirmó que el de las mujeres estaba igual.

Hombres durmiendo en la sala de rezo del aeropuerto de Jeddah. Octubre 2015

En Barajas me esperaba mi hermano, que por ser domingo y no haber trenes hasta mi pueblo a esas horas, vino a recogerme. A pesar del cansancio, conduje de vuelta. Cómo echaba de menos de Ibiza. Y al llegar, comida de bienvenida en casa de mi hermana. Al final, cuarenta horas seguidas sin dormir, apenas una ligera cabezada durante el segundo vuelo. Pero ya estaba en casa. Buena comida, descanso, dormitorio propio, algo de frío... ¡hogar, dulce hogar!.

En resumen, Kuching es una ciudad interesante, especialmente si es la primera de Borneo que visitas. Pero a mí me cogió demasiado cansado para valorarla y explorar todas las posibilidades que ofrecen sus alrededores. La excepción fue el Parque Nacional Bako, una parada muy recomendable, incluso para pernoctar allí una noche.


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