Miri y la gigantesca cueva Niah

Miri es una ciudad situada al norte del estado de Sarawak, muy cerca de la frontera con Brunei. Es la cuna de la industria petrolera de Malasia, principal fuente económica de la ciudad, y razón del gran crecimiento de la misma a principios del siglo XX. También es un buen campamento base para bucear en los arrecifes de coral cercanos, o visitar los Parques Nacionales Niah y Mulu y sus gigantescas cuevas. El primero se considera el primer asentamiento humano de Borneo, con registros que datan del año 35.000 antes de Cristo.

Llegando a la entrada de la cueva Niah. Taman Niah. Octubre 2015

El autobús procedente de Kota Kinabalu llegó a la terminal de autobuses de Miri a las seis y media de la tarde, ya de noche, y después de más de diez horas de trayecto. Se hizo eterno no solo por la parada de la comida, sino por las otras diez en las distintas "fronteras". Y es, aparte de las dos veces que la carretera entra y sale de Brunei, es decir, cuatro paradas, también hay pasos fronterizos entre las regiones de Sabah y Sarawak, como si pertenecieran a distintos países. La conclusión de este sinsentido son diez sellos en tu pasaporte y dos hojas del mismo estropeadas. Es cierto que el billete me costó menos de la mitad que el de avión, pero posiblemente este trayecto, por tiempo, engorro y dos hojas del pasaporte, merezca la pena realizarlo en avión.

Estaba cansado y quería llegar cuanto antes al hostal que había reservado, por lo que decidí pagar los 20 ringgits que me pidió un taxista, aún sabiendo que era muy caro para ser Malasia. El lugar se llamaba Coco House, y es recomendable. Está situado frente a la avenida principal, pero el centro está cercano, aunque la mayor atracción en la ciudad parecía ser un centro comercial nuevo. El precio por una cama en el dormitorio compartido de ocho, con baño fuera y desayuno (muy bueno) incluido, fue de 35 ringgits la primera noche, y de 30 las siguientes. La diferencia fue reservarlo a través de la página web de Ágoda o no. Los muebles parecían bastante nuevos, y la cama era cómoda y contaba con propia luz y cortina para tener mayor privacidad. Adicionalmente, el local dispone de una agencia de buceo.

Llovía aquella noche en Miri, por lo que únicamente salí a cenar a un restaurante chino cercano. Durante la noche, un chino (no estoy seguro, pero creo que esa era su nacionalidad) puso el aire acondicionado a ¡18 grados!. Desperté helado, y directamente apagué el aparato y me llevé el mando a mi cama. No teníamos manta en las camas, que hubiera ayudado a soportar esa temperatura. Pero debieron manipularlo manualmente, porque volvieron a encenderlo, aunque esta vez subiendo la temperatura hasta los 21 grados. Lo volví a apagar desde mi cama con el mando. Fue un tira y afloja. Lo hubiera dejado a 25 grados, pero cuando despertaba era tarde, la habitación ya estaba helada. Lógicamente, esa noche cogí un buen resfriado. Los chinos vuelven a estar a la cabeza de mi top 3 de nacionalidades más irrespetuosas en las habitaciones compartidas de los hostales, y que completan los alemanes y los argentinos.

Por la mañana fui hasta la oficina de turismo para preguntar no sólo qué ver en la ciudad, algo que ya me habían contado brevemente en el hostal, sino también en los Parques Nacionales Niah y Mulu. El chaval que me atendió me comentó que podría organizar el viaje a Mulu por mi cuenta, más barato, o a través de una agencia, que me proporcionaría todo, incluso la comida. Me recomendó una de ellas, y me dijo que si iba a preguntar ya no me quedaría tiempo suficiente para ver las cuevas de Niah tranquilamente. Así que decidí quedarme y dar una vuelta por la ciudad ese día. Al día siguiente comprobé que estaba equivocado, y hubiera tenido tiempo de sobra.

Igualmente utilicé parte de la mañana y la tarde para comprar los vuelos hacia y desde Mulu, y reservar alojamiento y las excursiones a las cuevas, que allí es obligatorio hacer con guía, aunque no son muy caras. En la agencia me dieron un precio de 900 ringgits por ir solo, u 800 si pernoctaba en una homestay. Es decir, tremendamente caro, porque por mi cuenta fueron alrededor de 600 ringgits. El único fleco suelto que me quedó fue mi vuelo desde Mulu directamente hacia Kuching, la capital de Sarawak, salía a las 13:15 del día 14, por lo que no me aseguraron poder hacer la segunda excursión a dos cuevas durante esas mañana, pues salían a las 8:45 y necesitaban cuatro horas. Quedamos a la esperar de volver a hablar al llegar, y ver si podían adelantar ligeramente esa salida.

En Miri no había nada realmente interesante de ver, y nada es nada. Por supuesto, desde mi punto de vista. Como comenté anteriormente, los locales iban a pasar el día a los centros comerciales. Lo único original fue encontrarme como una feria de tatuajes al aire libre, donde muchas personas se los estaban haciendo en ese momento rodeados por otros tantos curiosos como yo. Algunos de ellos, como el que muestro en la fotografía, me parecieron auténticas barbaridades. Por la noche volví al centro comercial para cenar algo e ir al cine a ver la película Everest.

Feria de Tatuajes. Miri. Octubre 2015

Después de desayunar, llevé la bolsa de la ropa sucia a una lavandería cercana para recogerla al día siguiente. El coste fue de 9 ringgits por algo más de kilo y medio de ropa. Desde allí fui a la estación de autobuses situada al lado de la oficina de turismo para coger un autobús hacia la terminal de larga distancia de la ciudad, por 1,60 ringgits, aunque tuve que esperar 45 minutos. Aquella era la misma a la que llegué desde Kota Kinabalu. Mientras esperaba, varios taxistas me ofrecieron llevarme por 15 ringgits.

La cueva Niah


Quería ir hasta el Parque Nacional Niah, considerado el primer asentamiento humano de Borneo, con registros que datan del año 35.000 antes de Cristo. Para ir hacia allí, basta con subirse a los autobuses que vayan a Bintulu, Sibu y Kuching desde la estación de Miri, y bajarte en la intersección con la carretera a Niah. No tiene pérdida, porque allí paran para comer. El coste hacia ese punto fue de 15 ringgits. Yo también aproveché para almorzar, dado que luego no sería posible hacerlo en el parque, al menos no tan barato. Para completar los once kilómetros restantes hasta la entrada al mismo, no hay otra opción que coger un taxi, y desde luego se aprovechan de ese monopolio. El precio de este servicio suele ser 35 ringgits, aunque después de regatear, y como iba solo, el taxista finalmente aceptó 25. Una vez allí, la entrada al Parque Nacional Niah son otros 20 ringgits, y uno más, por trayecto, para la barca que te cruza el río. 

Después comienza un camino de tablones de madera de 3,1 kilómetros de longitud hasta la entrada a la cueva Niah. En aquella ocasión, y como excepción, sí lo agradecí, porque aún recordaba el episodio sufrido en el monte Kinabalu. Unos minutos antes, hay un par de puestos donde se pueden comprar recuerdos y, especialmente, bebidas.

Río en la entrada al parque. Taman Niah. Octubre 2015

Sendero de madera. Taman Niah. Octubre 2015

Vistas de la selva desde la entrada de la cueva Niah. Taman Niah. Octubre 2015

Ya desde la entrada oeste de la cueva, ésta se veía gigantesca, y llena de murciélagos, que reboloteaban en su interior. Tiene varias entradas por diferentes lados, que vas viendo según la recorres. Sus nombres son Lubang Tuland, Lubang Hangus y Lubang Bulan.

El recorrido interno es de 1,1 kilómetros, que realicé solo, pues en ese momento no coincidí con otros turistas, y utilizando la luz de mi frontal. No obstante, la oscuridad de la gran caverna absorbía la luz, y sólo podía ver varios metros delante de mí. A excepción de los primeros metros después de la entrada, el resto del camino también está preparado con tablones de madera, y no sólo en los tramos de escaleras. Así llegué hasta un pasadizo más pequeño, que da a otra estancia mayor, recorrida por el camino, esta vez con bastante agua en la superficie de la madera, lo que lo hacía muy resbaladizo. Mis zapatilla no agarraban, y al salir descubrí que había desgastado los tacos de la suela. Allí sí me crucé con dos chicas jóvenes que me dijeron que el final no estaba muy lejos, aunque se me hizo eterno. Y cuando salí, otro grupo de hombres entraban por el lado contrario, para hacer el camino de regreso.

Entrada de la cueva Niah. Taman Niah. Octubre 2015

Cueva Niah. Taman Niah. Octubre 2015

Cueva Niah. Taman Niah. Octubre 2015

Salida de la cueva Niah. Taman Niah. Octubre 2015

Desde allí, salí nuevamente a la selva para dirigirme a la cueva pintada, a unos cinco minutos andando por el sendero de madera. Llovía, pero la ventaja de la selva es que la densa vegetación hace de paraguas, por lo que apenas me mojé. Esa otra cueva era mucho más pequeña que la anterior, con forma curvada y dos grandes aberturas en sus extremos.

Cueva pintada. Taman Niah. Octubre 2015

Cueva pintada. Taman Niah. Octubre 2015

De regreso, y ya de vuelta en la gran cueva, pasé el trozo más oscuro, resbaladizo y que menos me gustó con mucho cuidado, bajando mi centro de gravedad, aunque supusiese agotar más los músculos de las piernas. Pero cuando la pendiente era hacia abajo, realmente lo necesitaba. Respiré más tranquilo al salir de aquel túnel. Reconozco que no me sentí nada cómodo estando solo allí. Quizás no sea buena idea adentrarse solo en determinados lugares. Y en éstos, siempre me acuerdo de mis amigos finlandeses, Tomi y Terhi, con los que formé un buen equipo de exploración de cuevas en Laos. Parte del recorrido de vuelta era el mismo, excepto el tramo final, que salía por otro lado. Ya había visto cuevas gigantescas en el en el Parque Nacional Phong Nha-Ke Bang de Vietnam, y vería más al día siguiente en Mulu, pero aquella fue, sin duda, la más oscura y agobiante.

Entrada de la cueva Niah. Taman Niah. Octubre 2015

Entrada de la cueva Niah. Taman Niah. Octubre 2015

Una vez fuera de la cueva, caminé más rápido que a la ida hasta llegar al río, donde la barca me devolvió a un mundo más seguro. Allí encontré a cuatro hombres y varios coches que no había cuando llegué, por lo que pensé que serían taxistas. Les pregunté si alguno podría llevarme hasta la intersección, y me contestaron que sí y que subiese con ellos. Comprendí que eran amigos que habían ido a pasar el día allí y no me cobrarían, como así sucedió. No lograba recordar si era el grupo de hombres con los que me crucé al final de la cueva. Y justo cuando me dejaron allí, un autobús comenzaba a salir. Intenté buscar su cartel delantero o algo que me dijese dónde se dirigía. El conductor se debió percatar y bajó la ventanilla para preguntar dónde iba, y cuando le contesté que a Miri, me dijo que subiese. Sólo me costó 10 ringgits, por los 15 de la ida. Es decir, en un momento me había ahorrado 30 ringgits respecto a la ida.

Al llegar a la ciudad fui directamente a cenar, y luego al hostal para ducharme y no volver a salir. A la mañana siguiente, recogí la ropa de la lavandería y desayuné. Hice el check-out y fui caminando nuevamente hasta la estación de autobuses, donde me sorprendí cuando me respondieron que ninguno de aquellos iba al aeropuerto. No me quedó otro remedio que pagar 20 ringgits por un taxi para ir hasta allí. 

En resumen, Miri es una ciudad sin ningún atractivo turístico, pero es un buen campamento base para visitar los Parques Nacionales Niah y Mulu, el segundo, visita más que obligada y recomendada. No obstante, se puede ir hasta allí directamente en un vuelo desde Kota Kinabalu (posiblemente con escala en Miri) y Kuching. Reconozco que mi planificación de esa última semana en Malasia no fue la más acertada. Por otro lado, Miri también posee opciones de buceo en los arrecifes de coral cercanos, aunque desconozco si la zona es mejor o peor que otras de Borneo.


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